Considerar el déficit público como el mayor problema de Europa es un grave error, e insistir en el objetivo de reducirlo al 3% en 2013 a cualquier precio, un suicidio. El mayor problema de Europa no es el déficit público, que hay que controlar, sino el desempleo, y el apagón del crecimiento económico que esta causando este desenfoque exagerado en la contención de las deudas. Un desenfoque exagerado basado en una moda académica causante de la actual crisis en la que nos encontramos, que no está sirviendo para otra cosa que para estimular la especulación de los mercados financieros, para que el capital avance posiciones descaradamente frente a los intereses de la ciudadanía, y para causar un enorme déficit democrático.
Lamento nadar contra corriente, pero creo que es el momento de afirmar sin ningún complejo que todas las políticas económicas europeas están siendo erróneas. La subida de los tipos de interés de hace dos semanas fue otro auténtico despropósito de los muchos a los que estamos asistiendo. Esta actuación para contener los precios hace que suban de forma inmediata los costes de las empresas que, a su vez, los transmitirán a los precios influyendo nuevamente de forma negativa en el consumo interno ante unos consumidores cada vez más carentes de solvencia. Esta subida de los tipos viene muy bien a los estados que están saliendo de la crisis gracias a la exportación, como Alemania, pero nos viene muy mal al resto. Este incremento de los tipos del Banco Central Europeo también hace que el bono Alemán de deuda baje de precio y que, por lo tanto, los de las llamadas economías periféricas suban, lo que hace que los especuladores hayan aprovechado la pasada semana para dar otra vuelta de tuerca más para sacarle rendimiento al mejor negocio que existe hoy en Europa, la deuda soberana. Estos mercados comprueban una y otra vez que los gobiernos, lejos de poner límite a sus actuaciones son muy permeables a sus exigencias, y están aprovechando muy bien la falta de criterio de las instituciones y la voracidad de los sectores empresariales para medrar a costa del interés general.
Ante esta especie de extraña situación de emergencia autoinducida que vive Europa en estos días y sobre todo estados como España, la reacción de los tiburoncillos que están aprovechando la ocasión para avanzar posiciones, importándoles un bledo el interés general, no se hace esperar. Estos elementos no están preocupados por el aumento de los costes financieros que implican las decisiones del Banco Central Europeo, o por la falta de estímulos a la inversión privada de unas administraciones públicas sin capacidad para reactivar las inversiones públicas, o por el bloqueo del crédito de una banca que se aleja por completo del papel que le toca jugar en un estado social de derecho. Estos dirigentes empresariales enfocan una y otra vez su preocupación hacia un único objetivo, que se reduzca aún más el valor del trabajo. Con una reforma laboral impuesta por el Gobierno central que les permite despedir sin necesidad de tener pérdidas económicas, sino solamente con reducción de los ingresos o para prevenir una situación económica adversa. Con un despido que pasa de 45 días por año a 20 días por año al generalizarse los despidos objetivos, de los cuales, además, 8 los pagamos entre todos con dinero público. Con una reforma de la negociación colectiva que da más poder a los empresarios para empeorar las condiciones de trabajo. Con todo esto, con todos estos regalos recién estrenados, no les duelen prendas para exigir más reformas que flexibilicen aún más el mercado de trabajo. Con todas estas reformas que abaratan y facilitan el despido, que abaratan el valor del trabajo, aún tenemos que oír más desfachateces, más llamadas a la realización de más reformas que flexibilicen aún más el mercado laboral y, además, tenemos que oírlas en Andalucía. En Andalucía, donde con unos de los salarios y los despidos más bajos del Estado hemos sufrido más despidos que en ninguna otra comunidad autónoma.
Estas políticas europeas, diseñadas contra la ciudadanía, no tienen más mecanismo de ajuste que la reducción de los precios y los salarios, mayores tipos de interés, más despidos, menos trabajo y menos renta para el trabajo que, además, se transfiere descaradamente hacia el capital. Son políticas imposibles que solo benefician a los especuladores. Se desintegra el gran pacto que supuso la implantación del keynesianismo tras el crack del 29, y su institucionalización tras la segunda Guerra Mundial. Se maquina concertada y descaradamente contra el estado del bienestar, y se resta soberanía a las instituciones democráticas a favor de los poderes económicos de una forma más que preocupante